Adrian Wooldridge

17 La cuarta revolucion Adrian Wooldridge

La cuarta revolución. La carrera global para reinventar el Estado

La Fundación Rafael del Pino organizó el pasado 22 de septiembre de 2015, la Conferencia Magistral “La cuarta revolución. La carrera global para reinventar el Estado” impartida por Adrian Wooldridge con motivo de la presentación de su último libro con igual título.

Adrian Wooldridge es editor jefe y columnista de The Economist. Ha sido jefe de redacción para este mismo medio en Washington D.C. donde también ejerció como columnista. Es co-autor de “La Sociedad: Una breve historia de una idea revolucionaria”, “A Future Perfect: el reto y Oculto Promesa de la Globalización”, “brujos”, un examen crítico de la teoría de la gestión, y “El Derecho Nación “, un estudio del conservadurismo en Estados Unidos. Su libro más reciente es “Maestros de la Administración: ¿Cómo los gurúes de negocios y sus ideas han cambiado el mundo, para bien y para mal?”.

La cuarta revolución. La carrera global para reinventar el Estado
Adrian Wooldridge
22 de septiembre de 2015

RESUMEN
En los últimos tiempos se observa en cada vez más países una tendencia hacia el extremismo político, hacia el populismo. La victoria de Syriza en las elecciones griegas, el liderazgo de Donald Trump en la carrera por la nominación republicana a las elecciones presidenciales de Estados Unidos, o el triunfo del radical Jeremy Corbyn en la votación para elegir al líder del Partido Laborista británico, constituyen sendos ejemplos de este movimiento. Una tendencia que viene explicada, según Adrian Wooldridge, porque los electores están “furiosos” con la clase política.

Para Wooldridge, editor del semanario The Economist, en el que escribe la columna Schumpeter, la raíz del problema se encuentra en un error de las élites políticas porque, entre ellas, nadie piensa en los fallos del gobierno, ni en cómo mejorarlo. Este hecho suscita la idea de que no se puede hacer nada para arreglar el Estado, lo que origina un sentimiento creciente entre los ciudadanos de desapego hacia las instituciones políticas tradicionales. Sin embargo, y a su juicio, esta actitud es equivocada porque el problema tiene solución. Y ésta consiste en la reinvención del Estado, un proceso que Wooldridge denomina la cuarta revolución.

La historia enseña que desde que se creó el Estado moderno en Europa, éste se ha reinventando constantemente. De hecho, el proceso de invención y reinvención del Estado ha conocido “tres revoluciones y media”, según Wooldridge.

La primera de ellas, en el siglo XVII, era una revolución que buscaba aportar seguridad física a los países en un entorno de guerra constante. La solución fue la aparición de los estados centralizados. El filósofo Thomas Hobbes lo consideraba como la única respuesta a la maldad, la brutalidad y la brevedad de la vida humana y lo bautizó con el nombre de un monstruo bíblico: Leviatán. La invención fue un éxito porque de la competencia entre los estados europeos nació un sistema de gobierno en constante mejora. Esa competencia fue la causa de que Occidente dejara atrás a las otras regiones del planeta y convirtió a Europa en el verdadero centro del poder.

La segunda revolución tuvo lugar a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX y venía inspirada por el deseo de libertad. Aunque hay quien identifica ese cambio con la revolución americana, o con la francesa, lo cierto es que la verdadera revolución tuvo lugar en Gran Bretaña, en la época victoriana. Su objetivo era promover la libertad individual, para lo que resultaba necesario introducir la responsabilidad del Estado y acotar su capacidad para afectar a dicha libertad. Los británicos “copiaron” de los chinos la idea de una función pública profesional y eficiente, en sustitución del sistema de reparto de rentas a la aristocracia que la caracterizaba hasta esos momentos. El filósofo John Stuart Mill, además, defendió la idea de la necesidad de reducir la presencia del Estado y su tamaño y limitar su papel a una mejor provisión de servicios para la gente.

La inspiración de la tercera revolución fue la compasión. Los liberales británicos pensaron que era necesario invertir en la calidad de la población, en su bienestar, por lo que resultaba necesario proveer a los ciudadanos de servicios como educación, sanidad y pensiones. De esta forma nació el Estado del bienestar.

Este modelo, que surgió en Gran Bretaña, se fue extendiendo al resto de países occidentales. Al mismo tiempo, el Estado empezó a hacerse cada vez más grandes debido a las demandas crecientes de servicios públicos por parte de los ciudadanos y a las expectativas en este sentido, también crecientes, que fueron suscitando los políticos con sus promesas. El modelo funcionó bien durante un tiempo, pero luego generó situaciones de inflación y de estancamiento económico.

La media revolución fue el intento que llevaron a cabo Ronald Reagan y Margaret Thatcher en la década de los 80 de reducir el tamaño del Estado, pero fue media revolución porque solo lo consiguieron mientras estuvieron en el poder. Luego llegaron los Bush, Blair o Brown y con ellos el gasto público volvió a crecer. Y no solo eso; también se produjo, paralelamente, un aumento de la regulación, esto es, de la intervención del Estado en la vida económica.

Este proceso nos lleva a la necesidad de una cuarta revolución, debido a dos tipos de causas. Por un lado están las razones negativas. La primera de ellas es un gasto público muy elevado, que provoca que la gente se vuelva “adicta” al mismo y da lugar a situaciones permanentes de déficit presupuestario. La segunda es una demografía adversa, en forma de envejecimiento de la población, que disminuye el número de personas que trabajan y aumenta tanto el de jubilados como el gasto público relacionado con ellos. Desde esta perspectiva, la situación actual del modelo de Estado es insostenible.

Pero también hay dos razones positivas para justificar esa cuarta revolución. En primer lugar se encuentra la revolución tecnológica y sus consecuencias para la capacidad de cambiar lo que hace el Estado. La aplicación de las nuevas tecnologías supone una revolución en los servicios públicos, incrementando la eficiencia en su provisión, por ejemplo en sanidad o educación. La segunda es la competencia creciente de las economías emergentes, que también se registra en el ámbito de los modelos Estados. En Asia están inventando nuevas formas de Estado para proveer de servicios públicos. Esto provoca la aparición de nuevos competidores, pero con un sistema de valores distintos en el que la democracia y la libertad tienen poco o ningún peso.

Estos elementos explican la necesidad de esa cuarta revolución, de reformar el Estado para salvarlo. Para ello es preciso que la clase política deje de hacer promesas y de generar expectativas difíciles de cumplir en relación con el Estado, porque esas promesas incumplidas y esas expectativas insatisfechas son las que dan lugar al apoyo de los ciudadanos a las opciones populistas.

El Estado necesita reinventarse a sí mismo para hacer frente a los desafíos que suponen el peso creciente del gasto público, el envejecimiento de la población, el desarrollo tecnológico y la aparición de nuevos competidores con sistemas de valores distintos a los del mundo occidental. Ese proceso de reinvención es lo que Adrian Wooldridge, editor de The Economist, denomina la “cuarta revolución” del Estado. La cuarta porque sigue a otras tres anteriores: la que vio nacer los Estados centralizados, la que los transformó para promover la libertad individual y la que creó el Estado del bienestar.

Este documento resume lo tratado durante el encuentro realizado al efecto en la Fundación. La Fundación Rafael del Pino no se hace responsable de los comentarios, opiniones o manifestaciones realizados por las personas que participan en sus actividades y que son expresadas como resultado de su derecho inalienable a la libertad de expresión y bajo su entera responsabilidad.